Posted by : Manuel Vásquez Carmona sábado, 11 de febrero de 2012


HUBO UN TIEMPO en que los héroes de historias éramos todos perfectos y felices al extremo de ser completamente inverosímiles. (...) ”

Así inicia el Cuento Ficticio de Julio Garmendia. Recuerdo que cuando inicié su lectura, lejano en la memoria y acompañado por aquel solitario cuarto de mi infancia y adolescencia, la emoción invadió mi rostro y mi imaginación. Un cuento que clamaba por la inverosimilitud de sus personajes, de su mundo, cuando el resto de las narraciones del mundo (nuestro mundo) pretendía (y sigue pretendiendo) ser verosímil, fue para mí una revelación tan insólita como la que imagino sintió el Gabo al leer a Kafka. Prosigue el Cuento Ficticio...

(...) Un día vino en que quisimos correr tierras, buscar las aventuras y tentar la fortuna, y andando y desandando de entonces acá, así hemos venido a ser los descompuestos sujetos que ahora somos, que hemos dado en el absurdo de no ser absolutamente ficticios, y de extraordinarios y sobrenaturales que éramos nos hemos vuelto verosímiles, y aun verídicos, y hasta reales... ”

Tan descompuestos estos personajes hasta el extremo de llegar a ser verosímiles “y hasta reales”. Un extremo fatal, sin duda. El Cuento Ficticio y, en general, toda la cuentística de Julio Garmendia, viene a degenerar lo persuasivo, lo veromsímil de una narración para llegar a construir, sobre sí misma, una obra que enaltece lo mejor de la literatura: la libertad de ser dignamente inverosimiles, increíbles, ficticios. Algo que años después lograrían nombres como Borges y luego Cortázar.

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